RELATO: JOSÉ
CAPÍTULO 1°
Vivía en aquel valle. Sólo él conocía aquello. Estaba acostumbrado a vivir de esa manera. Con solo diez años casi parecía un adulto. Tanta era la responsabilidad que tenía, que la gente de allí se admiraban de él.
José era un chaval muy formal para sus años. La vida no era fácil para él, pero José siempre estaba contento con aquello que poseía.
Hacía diez años desde aquel día que apareció en la puerta de aquella casa, envuelto en una manta, llevando sobre él un papel que decía:
-Me llamo José.
Fue al dueño de aquella finca al que aquella mañana, al levantarse, le pareció escuchar algo. Se asomó para ver qué era aquello que llamaba su atención, y cuál no sería su sorpresa, al ver allí, delante de él, una criatura diminuta que jugaba con un papel. Lo tomó entre sus brazos y lo metió en casa mientras gritaba a su mujer. Ella acudió y también todos los sirvientes, sorprendidos y preguntándose de dónde podría ser aquél niño rubio como el sol, y de ojos azules como el cielo. Todos preguntaban como había podido llegar hasta allí. El pueblo quedaba a muchos kilómetros, ¿quién podía haber venido al valle sin ser visto?
Don Tomás dijo que había que dar parte a la policía, ya que no quería tener líos. Mandó al encargado que se acercara al pueblo para dar la noticia.
Mientras tanto doña Rosa mandó que aquel niño fuera atendido. Ana, la cocinera, era de mediana edad. Había quedado viuda hacía varios años. No había tenido hijos. Fue ella la que tomó a José en sus brazos. Lo llevó a su habitación quitándole aquella ropita que tenía mojada de pipí. Le improvisó una vestimenta, se lo llevó a la cocina y le dio leche con galletas que se comió al instante. Ana le dijo a doña Rosa si le daba permiso para cuidar de él mientras venía la policía. En el trastero de aquella casa tenían amontonado todo lo que no servía. Ana tomó de allí el andador que había sido de los hijos de los dueños. Rebuscó en aquel baúl y sacó ropita para José. Cuando lo tenía arreglado lo puso en el andador, llevándoselo a la cocina con ella, a la espera de que los municipales vinieran a por él. Ese día la finca estaba revuelta. No todos los días se encontraba un niño.
Pasó la mañana. Era mediodía cuando se presentó la policía y el alcalde del pueblo. También un médico que reconoció a José. Viendo que el niño estaba sano el alcalde dijo que se lo llevaría a su casa hasta averiguar de donde venía, y si no aparecía algún familiar lo llevarían al orfanato.
Fue Ana la que habló con don Tomás, pidiéndole que mientras averiguaban algo, se lo pudiera quedar ella para cuidarlo. El la miró. Sabía que Ana lo trataría bien. El y su esposa estaban muy contentos con aquella mujer. Le dijo al alcalde que mientras averiguaban de quién era se harían cargo del crío.
Se fue aquella gente, y Ana, ayudada por Reme, la chica del servicio, se fueron al desván, sacaron la cuna, y la montaron en la habitación de Ana. En la cocina le pusieron una sillita trona, y de esta manera Ana se hizo cargo de aquella criatura.
Llevaba José quince días en esta casa, y Ana parecía otra. Había cambiado. Se volvió alegre. Doña Rosa y don Tomás tenían dos hijos. Un chico de cinco años, y una niña de dos. Aquello fue una novedad para todos. Isabel con sus dos añitos fue la que más disfrutaba jugando con José, pero a Ricardo no le parecía lo mismo. En aquellos días casi no miró a José, y si en alguna ocasión lo hizo fue para pegar al crío. Ana tenía que tener mucho cuidado de que no se le acercara. Era Ricardo un niño muy consentido i creído. Estaba acostumbrado a que todo aquello que pedía se le diera, y no soportaba que aquel intruso le hiciera sombra.
Había pasado un mes desde aquella mañana. Llegó el alcalde con dos municipales, y hablando con don Tomás le hicieron saber que habían hecho muchas averiguaciones sin poder saber de donde venía aquel niño. Ellos se lo llevarían para ponerlo en una casa cuna para ser adoptado.
Ana, con el niño en sus brazos, estaba escuchando lo que hablaban. Cuando escuchó lo de la adopción se estremeció, abrazó a José y dirigiéndose a don Tomás, le dijo:
-Por favor, no me quiten al niño. Yo lo tomaré en adopción.
Aquel grupo de personas se miraron. El niño estaba precioso y muy bien cuidado. Dijo don Tomás al alcalde que lo dejaran unos días más, para hablarlo y pensarlo bien. Se despidieron hasta la próxima semana.
(Continuará en el próximo numero)

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