REVISTA CRISTIANA MULTICULTURAL

miércoles, 29 de agosto de 2007

RELATO

JOSÉ

(viene del numero anterior)

Fueron los trabajadores los que dispusieron de payasos. Todos trajeron regalos a José.
Don Tomás sacó una cartilla del banco y entregándosela a Ana, le dijo:
-Este es el regalo de mi esposa y mío, y este otro es de los niños-.
Ana lo abrió y era un coche precioso.
Ricardo, cuando vio aquel juguete, y todos los demás, lió una pataleta tan grande, que les costó mucho calmarlo.
Ana hizo fotos a su niño.
Uno de los trabajadores, le trajo a José aquel perrito precioso. El chaval lo tomó entre sus brazos, acurrucándolo contra él. Ana agradeció a todos, los regalos de su hijo.
Terminó la fiesta feliz. Ella la había preparado con gran ilusión.
Los días para Ana pasaban, que casi no se enteraba. Estaba tan ocupada entre la cocina, su hijo, aquel trozo de pradera, que casi no se daba cuenta que el tiempo transcurría. La pradera se hizo tan familiar para José y su madre, que ni un solo día podía pasarse, sin ir un rato a jugar.
Ana montaba en bicicleta muy bien. Cuando su marido vivía, tenía una. Al fallecer él, ella se alejaba de la casa en la bici, tanto como podía. Es por eso que aquel lugar era su favorito.
Cuando tuvo a su niño le acopló un canastillo, en la parte delantera, entre sillín y manillar. Allí ponía a su niño, y en el porta-equipajes, la cesta con la comida que iba a necesitar.
El domingo era el día que Ana libraba. Aprovechaba para irse todo el día cerca del manantial. Había montañitas que estaban huecas, y poco a poco Ana fue adecuando una para los dos. Ella cada día llevaba algo para dejar. Cuando hacía frío, el tiempo lo pasaban allí. Fue con troncos y ramas, ayudado con cuerdas, e hizo algo similar a una puerta para resguardarse del frío.
Ana decía a su hijo:
-Este será nuestro refugio. Solo nosotros sabremos de su existencia.
Poco a poco Ana fue adecuando aquel lugar para que cada vez fuera más cómodo para el niño y ella. Como lo visitaban a diario, Ana en cada paseo se llevaba algo que fuera útil para ellos.
Ella, desde que su marido murió, tenía la habitación con todas las cosas necesarias que ella utilizaba en la casa.
Un día se llevó un quinqué, otro un cojín, una manta... Eran cosas que ella podía utilizar el rato o día que estaba allí.
En poco tiempo, aquella especie de cueva, la estaba moldeando a su manera, eran muchos los árboles y flores que rodeaban y tapaban la puerta de la cueva. Así quedaba desapercibido para la gente que pudiera pasar.
Ana, podría haber pedido ayuda a algún compañero suyo de trabajo. Pero ella quería que aquello fuese un secreto, solo para ella y su hijo. Un día se llevaba cartones, otro plásticos, y otros telas.
Mientras que su niño jugaba en el valle con Tarugo, ella todo el tiempo lo utilizaba, para mejorar el aspecto de ese sitio.
Forró por dentro, aquella especie de puerta, clavó unos clavos en la pared, amarrándola para que no se cayera. Por fuera daba la sensación que eran ramas que habían tiradas por allí, y por dentro le quedó bonita. No le entraba frío, tal y como ella había planeado.
Entre dos árboles le hizo un columpio a su hijo.
Un fogón pequeño se llevó, por si un día hacía mucho frío, calentaría la leche. Detrás de aquellas montañitas, a varios kilómetros, había una pequeña aldea. Ana un día se acercó allí, nadie la conocía ni sabía nada de su vida, y mucho menos de José. Era esta aldea muy humilde. Gente que trabajaba para sostenerse. Casi todo era ganado, y sacaban de la tierra lo necesario para subsistir. Ana comenzó a hablar con algunas mujeres. Ella necesitaba una poca de lana. La quería ya lavada para ponerla en un colchón. Le dijeron que volviera otro día, que ya la tendrían preparada.
En aquella aldea tenían una especie de tienda que tenía en pequeñas cantidades de casi todo. Compró cuerdas. Las iba a necesitar para construir un catre.

(Continuará en el próximo número)

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