REVISTA CRISTIANA MULTICULTURAL

lunes, 31 de diciembre de 2007

EL REINO DE LOS CIELOS ES SEMEJANTE A UNA RED, QUE ECHADA EN EL MAR, RECOGE TODA CLASE DE PECES

Pasadas las vacaciones estivales andamos otra vez con las prisas, los horarios, la compra de libros para nuestros hijos y las caravanas de coches para llegar al trabajo. Al igual que miles de niños y jóvenes de nuestro país hemos entrado de lleno en un nuevo curso.
Ante nosotros, al igual que en cualquier profesión o trabajo, tenemos el reto de todo un año de actividad. La maestra afronta el desafío de enseñar a sus nuevos alumnos, la vendedora de cumplir nuevos objetivos, y así uno a uno podríamos ir diciendo de cada profesión. En el Nuevo Testamento aparece una parábola de la que podemos sacar algunas enseñanzas espirituales: la de pescador. En este nuevo tiempo que empieza a vivir la iglesia pienso que nos serán muy apropiadas.
Para los pescadores hay dos tareas fundamentales, la preparación y salir a pescar o faenar.
Me imagino al pescador que antes de hacerse a la mar, dedica un tiempo a revisar sus redes; si se han estropeado o roto, las arregla. Pone a punto su barco, lo limpia, carga de combustible, para que en el momento de salir esté listo.
Cuando se hace a la mar, confía en que todas las tareas que ha estado haciendo antes le ayudaran a conseguir una buena pesca.
Si hay una profesión impredecible y peligrosa, esa es la de pescador. Cada vez que sale a mar abierto puede encontrarse con todo tipo de contrariedades, sobre todo climáticas: tormentas, vientos, bancos de niebla, frío, un golpe de mar que le haga caer, un naufragio, etc.
Y por otro lado cada vez que echa la red al mar, no sabe si la recogerá llena o vacía, si los peces serán muchos o si la red se romperá. Este es un trabajo muy duro, pero a pesar de todo, el pescador día tras día sale a la mar, quizás sea por valentía o por necesidad, pero imaginemos por un momento...

¿Qué sería de un pescador que arregla sus redes y prepara su barco día tras día, mes tras mes pero nunca sale del puerto? ¿Qué sería de un pescador si sólo hablara con sus compañeros de nuevos métodos de pesca, los mas sofisticados, pero nunca sale para probar su eficacia?
¿Qué sería de un patrón de barco que cada día se levanta temprano para preparar la ruta pero nunca enciende el motor para salir?
¿Qué sería de un pescador que estando en la mar, al ver un banco de niebla por temor vuelve enseguida al puerto?
¿Qué sería de un pescador que ante el recuerdo de una tormenta peligrosa sólo sale los días de sol y cerca de la orilla?
¿Qué sería de un pescador que por la mala experiencia de una pesca infructuosa al día siguiente no volviera a salir?Pensemos ... ¿Qué sería de nosotros sin los pescadores?. ¿Qué sería de nosotros si nadie hubiera afrontado sus miedos, sus malas experiencias, su cansancio y no hubiera salido para echar de nuevo la red?
Todos nosotros somos llamados a ser pescadores de almas como dijo Jesús a Pedro y Andrés cuando echaban la red en el mar: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres” (Mateo 4:19). Es importante la preparación, porque si salimos con las redes rotas los peces se nos pueden escapar, pero no nos debemos quedar ahí. Los peligros son reales pero debemos afrontarlos y salir. Quizás hemos salido toda la noche a pescar, hemos trabajado y no hemos pescado nada, pero no nos desanimemos, Jesús nos dice una vez más “Echad vuestras redes para pescar”(Lucas 5:4). ¿Qué debe sentir un pescador cundo recoge las redes y ve que están llenas de peces?, ¿Qué debe sentir cuando entra en el puerto con el barco lleno?. Pienso que debe estar feliz y gozoso. Redes llenas de peces me hablan de fruto; fruto que nuestra vida debe ofrecer a Dios cuando Él nos lo pida, como la higuera a la que Jesús se acercó (Mateo 21:18-22).

Tú y yo somos como esa higuera a la que un siervo de Dios y poeta, Rodolfo Loyola, puso voz en esta preciosa poesía:













YO SOY LA HIGUERA

Señor, yo soy la higuera
Frondosa, pero estéril
A la que Tú llegaste
Pidiéndole sus frutos.

Sabia que vendrías
A buscar lo que es tuyo,
y ya ves, sólo hojas
Inútiles me cubren.

Señor, yo tuve flores
casi, casi cuajando
y presentí la dicha
De brindarte mi miel,
pero vientos extraños
de dudas y pasiones
de ráfagas continuas
Las hicieron caer.

Mas, oh Señor te ruego,
granjero de las almas,
que me des otro año,
y abona mi dolor;
que espero ver las ramas
por el fruto inclinadas
compensando con creces
Tu amor y tu perdón.

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