RELATO: JOSÉ
(viene del número anterior)
A Ana le faltaba tiempo para construir tantas cosas. Quedó en volver el próximo domingo, que era cuando tenía el día libre. Ella hizo todo esto sin consultar con nadie, porque aquella montaña era tierra de nadie, y es por lo que a Ana le dio más impulso de hacerlo.
Cada vez que podía iba a la aldea. Se traía en una bolsa, toda la lana que podía. Con troncos y clavos que se había comprado se hizo un catre. En aquella funda de colchón fue metiendo la lana. Cuando lo tuvo terminado, hizo varios cojines y allí se pasaban el niño y ella buena parte del tiempo que tenían.
Había un manantial algo más arriba. De allí traían el agua. José se estaba criando entre la naturaleza. Era robusto y de buena salud.
Tarugo su perro era precioso y José jugaba tanto con el, que perro y niño se querían y comprendían.
Para Ana pasaban los días tan deprisa. Su hijo iba por los cuatro años. Ella se sentía feliz, dando gracias a Dios, por aquel regalo que hacía casi tres años que le hiciera. Ella se preguntaba, que hubiera sido de su vida si José no hubiera venido aquel día a la casa grande. José preguntaba a su madre por su papá. Ana le contestaba que estaba en el cielo.
Ella le enseñaba al niño las letras y números, y sobretodo el amor a Dios. Cuando los dos estaban en la pradera, le explicaba a su niño, que el Señor Jesús estaba con ellos, y en todo momento le acompañaba. Y siempre que ella tenía un problema o alegría se lo contaba a Dios. Él le ayudaba. El chaval crecía en el amor de Dios gracias a su madre, que le hablaba constantemente de su amor y poder. Ricardo iba por los nueve años. Lo tenían en un colegio de Lunes a Viernes. El chofer le llevaba el lunes y lo recogía el Viernes.
Era Ricardo buen chico, pero muy mimado, y esto le hacía ser tan creído. Y es que todo lo que pedía se lo daban.
Isabel era otra cosa. Todavía venía el profesor para darle clases a ella y a José. Cuando transcurriera un año ella iría a la ciudad con su hermano. Ana se planteaba que haría con su niño. Ella no podía costearse aquel colegio, y por allí, lo que había más cerca, era aquella aldea, que le llevaba una hora de camino con la bicicleta.
Isabel era muy cariñosa, y quería mucho a José.
Ella era una niña menudita, al contrario de José, que era un chaval fuerte. Ricardo seguía teniendo unos celos de muerte de José. ¡Y eso que no se veían mucho!. Ana tenía que tener mucho cuidado. Ella quería a Ricardo. Le vio nacer. Pero no quería que le hiciera daño a su hijo. Cuando el niño regresaba del colegio, Ana los sábados por la tarde se iba un rato con su hijo.
El domingo el señor Tomás y doña Rosa, se iban a la ciudad de la mañana a la noche. Era por esto que casi los chicos no se veían.
Ana habló con el maestro de aquella aldea, para cuando su hijo estuviera en edad de escolarizarse tuviera una plaza en aquel lugar. Ella quería que su hijo tuviera una buena educación.
Era José un chaval muy espabilado, y que quería mucho a su madre. No tenía a nadie más en el mundo. Solo a ella y las caricias que don Tomás le hacía a escondidas de su hijo.
Ya marchó Isabel al colegio con su hermano. El profesor dejó de venir. Ana tenía que plantearse la manera de que su hijo fuera a la escuela. Se había hecho asidua de aquella aldea, que llevaba por nombre "EL CAMINO". La vida allí era muy sencilla.
Los niños no tenían allí grandes cosas pero eran felices. Aparte de las bestias que tenían, solo disponían de un camión y un coche para el uso de aquel pequeño pueblo, para ir a la ciudad si alguien se ponía enfermo. Habían varias bicicletas y motos con sidecars .Este era todo el lujo que disponía El Camino. Era poca gente. No más de treinta familias, y algunas muy mayores, y bastantes niños. En "EL CAMINO", casi todos eran familia. Aquella gente, le habían cogido mucho cariño a Ana y su hijo. Aquella gente ni tenía ayuntamiento, ni nada de nada.
Era Felipe un hombre de unos cincuenta años nacido en aquella aldea. Desde niño se dedicó a hacer el bien a su pueblo, a su gente. Aprendió veterinaria y practicante. También algo de maestro. Así que prácticamente era la persona que más sabía de aquella gente.
Entre Manuela y él, ayudaban a traer a los niños al mundo. Ana se hizo tan buena amiga de aquella gente que le dijeron, que de las casas que habían en el pueblo desabitadas, se comprara una. Ana decía que no, porque en la casa grande, llevaba más de media vida, y quería morir allí, ya que en aquella casa había vivido muy feliz, y a su marido lo tenía enterrado allí. Y fue en esa casa donde recibió el regalo más bonito de su vida: Su hijo.
Le dijeron que se lo pensara, porque siempre tendría allí una familia. Ana seguía enseñándole a José, todo lo que ella sabía.
(Continuará en el próximo número)
A Ana le faltaba tiempo para construir tantas cosas. Quedó en volver el próximo domingo, que era cuando tenía el día libre. Ella hizo todo esto sin consultar con nadie, porque aquella montaña era tierra de nadie, y es por lo que a Ana le dio más impulso de hacerlo.
Cada vez que podía iba a la aldea. Se traía en una bolsa, toda la lana que podía. Con troncos y clavos que se había comprado se hizo un catre. En aquella funda de colchón fue metiendo la lana. Cuando lo tuvo terminado, hizo varios cojines y allí se pasaban el niño y ella buena parte del tiempo que tenían.
Había un manantial algo más arriba. De allí traían el agua. José se estaba criando entre la naturaleza. Era robusto y de buena salud.
Tarugo su perro era precioso y José jugaba tanto con el, que perro y niño se querían y comprendían.
Para Ana pasaban los días tan deprisa. Su hijo iba por los cuatro años. Ella se sentía feliz, dando gracias a Dios, por aquel regalo que hacía casi tres años que le hiciera. Ella se preguntaba, que hubiera sido de su vida si José no hubiera venido aquel día a la casa grande. José preguntaba a su madre por su papá. Ana le contestaba que estaba en el cielo.
Ella le enseñaba al niño las letras y números, y sobretodo el amor a Dios. Cuando los dos estaban en la pradera, le explicaba a su niño, que el Señor Jesús estaba con ellos, y en todo momento le acompañaba. Y siempre que ella tenía un problema o alegría se lo contaba a Dios. Él le ayudaba. El chaval crecía en el amor de Dios gracias a su madre, que le hablaba constantemente de su amor y poder. Ricardo iba por los nueve años. Lo tenían en un colegio de Lunes a Viernes. El chofer le llevaba el lunes y lo recogía el Viernes.
Era Ricardo buen chico, pero muy mimado, y esto le hacía ser tan creído. Y es que todo lo que pedía se lo daban.
Isabel era otra cosa. Todavía venía el profesor para darle clases a ella y a José. Cuando transcurriera un año ella iría a la ciudad con su hermano. Ana se planteaba que haría con su niño. Ella no podía costearse aquel colegio, y por allí, lo que había más cerca, era aquella aldea, que le llevaba una hora de camino con la bicicleta.
Isabel era muy cariñosa, y quería mucho a José.
Ella era una niña menudita, al contrario de José, que era un chaval fuerte. Ricardo seguía teniendo unos celos de muerte de José. ¡Y eso que no se veían mucho!. Ana tenía que tener mucho cuidado. Ella quería a Ricardo. Le vio nacer. Pero no quería que le hiciera daño a su hijo. Cuando el niño regresaba del colegio, Ana los sábados por la tarde se iba un rato con su hijo.
El domingo el señor Tomás y doña Rosa, se iban a la ciudad de la mañana a la noche. Era por esto que casi los chicos no se veían.
Ana habló con el maestro de aquella aldea, para cuando su hijo estuviera en edad de escolarizarse tuviera una plaza en aquel lugar. Ella quería que su hijo tuviera una buena educación.
Era José un chaval muy espabilado, y que quería mucho a su madre. No tenía a nadie más en el mundo. Solo a ella y las caricias que don Tomás le hacía a escondidas de su hijo.
Ya marchó Isabel al colegio con su hermano. El profesor dejó de venir. Ana tenía que plantearse la manera de que su hijo fuera a la escuela. Se había hecho asidua de aquella aldea, que llevaba por nombre "EL CAMINO". La vida allí era muy sencilla.
Los niños no tenían allí grandes cosas pero eran felices. Aparte de las bestias que tenían, solo disponían de un camión y un coche para el uso de aquel pequeño pueblo, para ir a la ciudad si alguien se ponía enfermo. Habían varias bicicletas y motos con sidecars .Este era todo el lujo que disponía El Camino. Era poca gente. No más de treinta familias, y algunas muy mayores, y bastantes niños. En "EL CAMINO", casi todos eran familia. Aquella gente, le habían cogido mucho cariño a Ana y su hijo. Aquella gente ni tenía ayuntamiento, ni nada de nada.
Era Felipe un hombre de unos cincuenta años nacido en aquella aldea. Desde niño se dedicó a hacer el bien a su pueblo, a su gente. Aprendió veterinaria y practicante. También algo de maestro. Así que prácticamente era la persona que más sabía de aquella gente.
Entre Manuela y él, ayudaban a traer a los niños al mundo. Ana se hizo tan buena amiga de aquella gente que le dijeron, que de las casas que habían en el pueblo desabitadas, se comprara una. Ana decía que no, porque en la casa grande, llevaba más de media vida, y quería morir allí, ya que en aquella casa había vivido muy feliz, y a su marido lo tenía enterrado allí. Y fue en esa casa donde recibió el regalo más bonito de su vida: Su hijo.
Le dijeron que se lo pensara, porque siempre tendría allí una familia. Ana seguía enseñándole a José, todo lo que ella sabía.
(Continuará en el próximo número)

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