REVISTA CRISTIANA MULTICULTURAL

martes, 10 de abril de 2007

RELATO: JOSÉ

(viene del numero anterior)


Cuando quedaron solos en casa habló el matrimonio con Ana, poniéndole sacrificio y gastos que un niño acarreaba, y que ella era una mujer viuda, contestando Ana que ella tenía sus ahorrillos, y que a aquel muchacho no le iba a faltar de nada.
Ana era de otro pueblo lejano. Un día hacía muchos años, que su marido y ella entraron a trabajar en aquella finca, haciéndose querer y respetar por don Tomás y doña Rosa. Fueron los dueños de la finca los que fueron al pueblo para hablar de este tema con el alcalde. Don Tomás dijo que Ana tenía medios para criar a ese niño. Llevaba muchos años trabajando para ellos, y la conocían bien, y personalmente ellos ayudarían a que a ese niño no le faltara de nada. Doña Rosa comentó que Ana era buena mujer. Ella daba fe de que era verdad.
Después de hablar mucho rato, el alcalde fijó un día para que Ana viniera con el niño.
Mientras, ellos, irían al pueblo de Ana para averiguar de que familia procedía, y si todo era positivo le darían al niño en adopción.
Pasando unos días, don Tomás y su esposa volvieron al pueblo. De regreso, Ana les vio venir. Salió a su encuentro, preguntándoles que pasó. Le dijeron que todo iba bien, pero que había que esperar unas semanas más.
Aquellos días Ana, los pasó con mucho nerviosismo, deseando que todo aquello acabara, y a la vez tenía mucho miedo. Ana era creyente, y pedía a Dios Padre que le diera la dicha de sentirse madre.
Llegó el día señalado, y partieron para el pueblo. Cuando llegaron estaba todo el ayuntamiento reunido. Ana se sentó con José en sus brazos, apretándolo con ternura.
Aquella gente la miraba a la vez que la hacía una serie de preguntas. Ella contestaba. Después se dirigieron a don Tomás y doña Rosa diciéndoles:
-¿Ustedes dos quieren ser los padrinos de José?-. En caso de que a Ana le sucediera algo, ustedes cuidarían de él.
Ellos dijeron que sí. Los tres firmaron en un libro.
Cuando todo terminó, fue el juez, el que tomando al niño lo acercó a Ana y le dijo:
-Toma a tu hijo José. Desde hoy tu serás su madre-.
Ana no articulaba palabras. Abrazó al niño. En ese momento, las lágrimas rodaron por sus mejillas. Alzó sus ojos y dijo:
-¡¡¡Gracias Padre mío por regalarme este hijo!!!-
Volvieron a la finca y allí todos los obreros esperaban impacientes el resultado de los jueces. Y es que en esa finca, había mucha gente trabajando. Justo detrás de la finca, estaba la vivienda de los obreros.
Aquellas viviendas tenían una cocina muy grande, con sus respectivas chimeneas. Había una mesa tan grande con sus bancos que cabían cuarenta personas. Cada matrimonio que allí trabajaba tenía su habitación, y los hombres dormían en habitaciones de seis camas, al igual que las mujeres. Allí todos eran como una gran familia.
Algo más retirado tenían las caballerías y cuadras para el ganado. Aquel valle era grandioso. Tenía buenos pastos, muy buena tierra de labranza. Era bellísimo ver aquel paraje, todo rodeado por aquellas preciosas colinas, dándole una belleza singular. Ana siempre fue una mujer respetuosa culta y con una base de cultura media.
Tenía algo de estudios. En su pueblo había vivido bien. Conoció a su marido, se hicieron novios, y un año después se casaban. El era capataz de aquella finca. Convenció a Ana para que vendiera aquel pequeño negocio y marchara a vivir con él. Así lo hicieron. Ella era una mujer acostumbrada a no estar de brazos cruzados, se puso de cocinera para los obreros. Dándose cuenta los dueños de la finca de lo buena cocinera que era, hablaron con ella y su marido, y la contrataron para ellos. Media vida llevaba viviendo en aquella casa. Primero casada y cinco años viuda. Ella siempre se lamentaba de que por que Dios no le había dado un hijo. Cuando enviudó se traslado a la casa grande. Le dieron una habitación y un aseo solo para ella. Como la habitación era grande, puso la cuna y un mueble de cajones, en donde puso la ropita de José.


(Continuará en el próximo numero)

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